Avanza con propósito, prudencia y propulsión

Avanza con propósito, prudencia y propulsión

Para conocernos mejor a nosotros mismos puede resultar inspirador utilizar una analogía bastante sencilla y bien conocida por las tradiciones antiguas de sabiduría. Es la alegoría que compara al ser humano con el conjunto formado por un carruaje, unos caballos que le empujan, un cochero que los dirige, y un viajero que va sentado en el carruaje.

El carruaje representa el cuerpo físico. Los caballos, las emociones. El cochero, la mente. El viajero, el espíritu.

Idealmente, el viajero (alma-espíritu), conocedor del sentido del viaje (vida), transmite al cochero (mente) ciertas directrices que éste escucha atentamente, y con un dominio completo y amable sobre los caballos (emociones) y el carruaje (cuerpo), el cochero (mente) guía al conjunto por los caminos adecuados para recorrer la ruta solicitada por el viajero (espíritu). Cada componente realiza su función en conexión cooperativa con los demás y así se consigue un viaje plácido y precioso.

Este funcionamiento ideal, sin embargo, dista de ser real en muchos casos hoy en día. A menudo el cochero ignora o menosprecia al viajero, por lo que deja de escucharle y el viaje pierde su verdadero sentido. En ocasiones, el viajero se queda dormido. En otras ocasiones, el cochero da órdenes contradictorias o se muestra desconsiderado hacia las necesidades de los caballos, lo que provoca que éstos se agoten, se agobien, se apuren o se rebelen, provocando no sólo ralentizaciones en la marcha, sino también accidentes, que estropean el carruaje, lesionan los caballos o echan por tierra el cochero y el viajero.

Para disfrutar de un viaje gozoso y lleno de sentido, conviene que nos preguntemos con asiduidad:

  •  ¿Estoy escuchando realmente mi espíritu? El viajero a menudo da instrucciones sutiles pero importantes que el cochero sólo puede escuchar si presta atención plena y con silencio.
  •  ¿Estoy atendiendo a mis emociones y éstas me están propulsando con fuerza? Los caballos deben descansar, beber, comer, hacer necesidades, ser mimados… Detener la marcha con cierta frecuencia para atender estas necesidades permite que los equinos se mantengan obedientes, saludables y enérgicos.
  •  ¿Estoy educando y entrenando suficientemente mi mente? El cochero debe aprender habilidades diversas y debe entrenarse regularmente para convertirse en un hábil conductor del conjunto.
  •  ¿Estoy cuidando debidamente mi cuerpo? Con las fricciones de la marcha varios componentes del carruaje pueden desgastarse y desajustarse, por lo que conviene revisarlos, repararlos y nutrirlos periódicamente…

Reflexionar sobre estas cuestiones, recordando esta alegoría, nos inspira a recorrer nuestro camino vital —el de nuestros verdaderos propósitos— de una forma segura —con genuina prudencia— ya un ritmo óptimo —con la propulsión de entusiasmo.