Polaridad: simple y complejo

Una matriz organizativa para una vida plena y productiva.

Polaridad: simple y complejo

La figura del Renacimiento que realizó descubrimientos, invenciones y contribuciones en los más diversos campos, desde la arquitectura a la biología, desde la anatomía a la pintura, desde la música a la filosofía, desde la botánica a la poesía y desde la escultura a la ingeniería, pensaba que “la simplicidad es la máxima sofisticación". ¿Qué quería decir con esta frase Leonardo da Vinci?

El simplismo, es decir, la simplicidad que degrada la realidad ignorando su complejidad, es cosa fácil; pero la simplicidad positiva, la que comprende y trasciende la complejidad, requiere grandes dosis de inteligencia, creatividad, conocimiento y esfuerzo, porque se orienta hacia soluciones sumamente eficaces (enfocadas en lo más importante) y eficientes (con menos hacen más). Es la máxima sofisticación.

Otro genio histórico-mundial, Albert Einstein, también nos invita a buscar la simplicidad sin caer en el simplismo: “Todo debe hacerse lo más simple posible, pero no más simple”. Cuando las cosas se hacen excesivamente simples, apresuradamente simples, se incurre en la negatividad a la que también se refería el gran cineasta Robert Bresson: "Dos simplicidades. La mala: simplicidad - punto de partida, buscada demasiado pronto. La buena: simplicidad-resultado, recompensa por años de esfuerzo". También en esta línea discurre uno de los jueces y juristas más influyentes de la historia, Oliver Wendell Holmes: “No daría ni un higo por la simplicidad que se encuentra antes de la complejidad, pero daría mi vida por la simplicidad que se encuentra más allá de la complejidad”. Y el célebre emprendedor Steve Jobs lo recalca: “Hay que trabajar duro para aclarar las ideas y hacer que lo pensado sea simple, pero vale la pena una vez que se consigue, ya que puede mover montañas”.

Alcanzar la simplicidad positiva, así pues, implica reconocer y respetar, considerar y comprender, transitar y trascender, la complejidad. Por eso el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, ha propugnado, a través de su larga vida (va por los ciento tres años), la noción de pensamiento complejo. Esta forma de pensamiento, o “paradigma de la complejidad”, se fundamenta en un conjunto de principios de intelección y estrategias metodológicas que nos permiten evitar el simplismo a la hora de explicar, describir y concebir diversos fenómenos. En contraposición a los paradigmas reduccionistas que tienden a fragmentar y allanar la realidad, Morin, como otros pensadores contemporáneos, aboga por una visión integral e integradora.

Trasladando estos criterios al ámbito personal, cabe preguntarse: ¿cómo podemos organizar nuestras vidas cotidianas de la forma más sofisticadamente simple? ¿Qué hábitos nos permiten vivir con la eficacia y eficiencia de la simplicidad que está más allá de la complejidad? ¿Qué clase de ordenación vital nos estimula a realizar plenamente nuestro potencial personal de progreso integral?

Para abordar estas cuestiones, conviene explicar la historia que me llevó a formularlas y responderlas. En 2014, después de un par de años marcados por las crisis y los contratiempos, empiezo a reconstruir mi vida sobre nuevas bases. Pronto se pone de manifiesto que uno de los ámbitos que requiere mi atención es el organizativo: la ordenación de mi vida es precaria y no está basada en la simplicidad sofisticada, sino en el simplismo negligente o en la desconcertante complejidad. Así que me pongo a buscar y aprender, leyendo obras de productividad personal y organización cotidiana de los referentes del sector. Me inspiro. Transformo mis hábitos. Paso a paso. Y a través de ese camino, con los años, va emergiendo un nuevo enfoque, un innovador sistema. Un marco conceptual para ordenar la totalidad de la vida personal acompañado de una forma elegante de utilizar el papel como soporte. Lo experimento y lo evoluciono hasta que, en otoño del 2023, empiezo a compartirlo con un nombre que expresa su esencia: Vitalintegral.

El método Vitalintegral se basa en 4 pilares de desarrollo y 8 parcelas vitales. Los pilares son el conocimiento, la creación, la gestión y el cuidado de uno mismo. Las parcelas tienen doble cara: mente y filosofía, espiritualidad y emociones, cuerpo y salud, profesión y economía, sociedad y naturaleza, amistades y comunidades, sexualidad y familia, estructuras y sistemas.

La intersección de estos 6 pilares con estas 8 parcelas brinda una matriz organizativa sencilla y efectiva, un mapa que nos permite viajar por el territorio de nuestra vida desplazándonos plácidamente y con perspectiva. Un marco simple que no resta, sino que redobla, nuestra integralidad y, con ello, nuestra paz. Pues tal y como predicaba la Peregrina de Paz, la mujer que caminó más de 40.000 kilómetros durante 28 años en una peregrinación personal por la paz, "La simplificación de la vida es uno de los pasos hacia la paz interior. Una simplificación persistente creará un bienestar interior y exterior que pondrá armonía en la vida de uno".