El amor propio como sustrato del progreso vital
Grandes maestros espirituales, reformadores sociales y creadores culturales, desde tiempos antiguos hasta nuestros días, han señalado la importancia del mismo principio. De Buda a Jesús, de Lao Tsé al Dalái Lama, de Simone Weil a Martin Luther King, de Pablo Neruda a Mahatma Gandhi, de Bob Marley a John Lennon, de Marco Aurelio a Immanuel Kant, del Subcomandante Marcos a María Montessori... sus dichos y hechos podrían destilarse en un único concepto: amor.
El poder del amor es una ley universal, semejante a la fuerza de la gravedad. Si la constante gravitacional condiciona lo físico, el mundo exterior, las dinámicas del amor condicionan lo psíquico, el mundo interior. La gravitación es al cuerpo orgánico, lo que el amor es al cuerpo anímico: un campo energético fundamental y general.
El amor entraña compasión y cuidado, generosidad y amabilidad. Es la bondadosa base de la familia, la amistad, el compañerismo y la comunidad. En él se disuelve la ilusión de separación mediante la conexión cordial, la comprensión consciente y la comunión creadora.
Cuanto menos se realiza el amor, más se contraviene la tendencia evolutiva natural de la Vida hacia la plenitud; cuanto más se realiza el amor, más viva deviene la Vida. Para progresar vitalmente, así pues, hay que aprender a amar, amando, en primer lugar, al propio amor — sin olvidar que este, en la medida que es consciente, va unido a otros dos principios igualmente vitales: la libertad y la verdad.
Practicando el arte de amar durante milenios, los humanos hemos ido aprendiendo con mayor profundidad y concreción una cuestión sumamente importante: que el amor propio es fundamental. Sobre él brotan y florecen las demás expresiones del amor, pues, como apuntó el influyente monje budista, escritor y activista, Thich Nhat Hanh: “Cuidar de ti mismo, cuidar de los demás y cuidar de la Tierra no son cosas separadas”, ya que “el verdadero amor incluye la práctica del amor hacia uno mismo: si no sabes cómo cuidar de ti, no podrás cuidar de los demás.”
La ciencia corrobora sus palabras. El amor propio —cuando evita las trampas del orgullo negativo en todas sus formas: egocentrismo, narcisismo, soberbia, etc.— es la base de la autoestima sana, y esta, según han demostrado diversos estudios, está vinculada con una mejor regulación emocional (Orth & Robins, 2014), relaciones interpersonales más satisfactorias (Miller et al., 2019) y una mayor resiliencia ante la adversidad (Neff, 2011).
De todo ello podemos deducir que aprender a cuidar realmente bien nuestra propia persona, es, de hecho, un deber ético fundamental, pues, como dice el célebre autor y psicoanalista Jordan Peterson: “Tienes un papel vital en el despliegue del destino del mundo. Por lo tanto, estás moralmente obligado a cuidarte. Deberías cuidarte, ayudarte y ser bueno contigo mismo de la misma manera en que cuidarías, ayudarías y serías bueno con alguien que amas y valoras.” Cabe añadir que cuidarse no siempre resulta agradable: a menudo las decisiones y los hábitos del autocuidado son un verdadero reto —al que quizás opongamos resistencia o incluso nos genere rechazo— pues contraviene costumbres de inconsciencia, ignorancia e inmadurez que hemos adquirido y afianzado durante años.
Asumamos, así pues, este reto. Aprendamos a cuidarnos bien en el siglo XXI. Ahondemos, afinemos y activemos el amor que naturalmente sentimos por los distintos aspectos de nuestro ser. Estaremos abonando nuestro bienestar a largo plazo y generando el sustrato que favorece el verdadero progreso de la humanidad.